Introducción a la coquetería de los líderes

Les_trois_présidents_2011-11-30Echemos una mirada a la sociedad, desde los puestos de mando: «líderes» encumbrados. Todos los focos iluminan sus figuras, se destaca su presencia y les contemplan multitudes. Son sus seguidores. Vivas, canciones y aplausos animan el decorado. Nos basta y sobra saber que «están allí», pero nos preocupa otra idea: ¿En qué proporción su imagen personal les brindó el triunfo o resulta el móvil de su permanencia en tan destacado lugar?

Con talante investigador, tan pronto comparamos clasificaciones, notamos que en todo estudio objetivo, penetrante y neutral, donde se defina perfiles, actitudes y personalidad de «líder», no puede faltar la preponderancia de cuatro rasgos destacados – tres de los cuales presentan un fuerte contenido psicoestético – y que, se mencionan con la palabra que se mencionen, siempre resultan ser: buena apariencia, vivacidad en los ademanes, voz agradable y originalidad en los conceptos. Si le falla alguna de las cuatro características, el «líder» no tendrá otra salida que compensar la deficiencia con un mayor desarrollo y mejor intencionalidad en las restantes condiciones que le caracterizan de modo rotundo. Así, citemos a título de ejemplo, un «líder» bajo de estatura; éste necesita neutralizar su problema en la esfera de la buena apariencia, con mayor fuerza en los ademanes y una mayor sugestión en los tonos de su voz. Si no logra dar con «arreglos» de este tipo, su fracaso no está lejano, aunque los votos, la tradición o el carisma, dicho más o menos con la terminología de Max Weber, le hayan situado en una presidencia. La repetida expresión: «cuesta más mantenerse que llegar» tiene aquí una clara razón de ser. Se admira mucho al «líder», pero también gusta a sus seguidores caricaturizarle. Su público le aplaude, pero también es exigente. Cuando los contrastes de un dirigente, sin necesidad de un lápiz deformador, son en sí una pura caricatura, su liderazgo va a la deriva. De aquí que, dueños de un poder, la mayoría de «líderes» totalitarios neutralizan con la intolerancia, el despotismo, la censura y la glorificación de su persona, la falta de alguna o algunas de las condiciones básicas que su imagenreclama. Sin ellas, por más capas que se coloquen, no consiguen distinguirse: sólo a base de intimidar a los demás logran destacarse.

Mas, si bien no todos los «líderes» compensan sus deficiencias, mediante una conducta tiránica, todos – sin excepción – se desviven para intensificar y mantener el halo que se desprende de la buena apariencia, la vivacidad en los ademanes, voz agradable y originalidad en los conceptos. ¿Qué «líder» no se chifla al verse en una fotografía donde ha quedado su rostro «muy interesante» o no estruja su cerebro para poder pronunciar frases ingeniosas? ¿No está todo ello dentro del juego que comporta mimar las cuatro condiciones referidas? Este fuerte deseo de intensificar estas condiciones y asegurarse que las posee en grado sumo conduciría, sin otras causas, a la coquetería, ya que el «líder» apura las posibilidades de «hacerse el interesante», estudia los «golpes de efecto» y, a la vez, quiere quitarles importancia. Sin rodeos: un «líder» siempre es un coqueto.

En otros tiempos, casi ayer mismo, a los hombres, fuésemos «líderes» o no, nunca se nos clasificaba como coquetos. Todavía ahora nos suena a raro que pueda interpretarse el varón desde este punto de vista. ¿Un hombre coqueto? ¿De qué? Hasta hace poco estas eran las expresiones, como si todo el mundo comulgara con las ideas de Georg Simmiel, para el cual la coquetería era una cuestión – exclusiva y reservada – de las mujeres. Su arma secreta. No obstante, Muñoz Espinalt en sus investigaciones piscoestéticas ha podido demostrar que la coquetería, lejos de tener sexo, se presenta en aquellas personas, sean hombres, sean mujeres, que notan les hacen la corte, o por su condición social interesan a diversas personas a la vez. El coqueto quiere agradar pero también le disgusta que su intención se note demasiado. Le interesa demostrar que tiene preferencias hacia uno, pero, al mismo tiempo, obra sin comprometerse. Hace concebir esperanzas, sin dar nada en concreto. Se sitúa en una actitud donde la insinuación y la no insinuación parecen jugar al escondite. Situado dentro de esta ambivalencia, la coquetería del «líder» cobra unos tonos más radicales que la coquetería femenina. Mejor, el «líder» llega a verdaderas ofuscaciones, con el afán de intensificar su atracción y, con ello, el juego de su coquetería. Lo que en la mujer puede ser la estrategia de mostrarse o no mostrarsecon el rabillo del ojo o un discreto pintarse los labios en un rincón de una sala, aprovechando un momento que nadie la mira y sabiendo que acaba de llegar alguien que le interesa de forma particular, en el hombre-«líder» puede adquirir rasgos espectaculares.

Y no se vaya a creer que la coquetería masculina es propia de una sociedad determinada. No tiene fronteras ni sistemas. Está por encima de todos los credos. En la Conferencia de Helsinki del año 1975, Breznev antes de pronunciar su discurso, en plena asamblea, nos proporcionó – y digo nos proporcionó, porque a través de la televisión pudimos contemplarlo centenares de personas – la primorosa manera de peinarse y acicalarse las cejas para estar «más guapo», con un entusiasmo coquetón en cada uno de sus ademanes que ni la más melindrosa de las mujeres hubiese creído oportuno mostrar en semejantes circunstancias. Unas escenas de tal acontecimiento habla por sí solas y vale la pena registrarlas y comentarlas para que guarde constancia de ellas la Historia Contemporánea. ¿Estará su capacidad dialéctica en el cabello como la fuerza de Sansón? Como si los demás ni le vieran, sólo le obsesiona el «impacto» que causará su figura. Que el tupé, el legendario tupé staliniano, le quede muy acusado. Se pasa el peine una y otra vez, antes de levantarse para pronunciar su discurso. Unos puede que se burlen, pero otros, sorprendidos, no podrán menos que preguntarse: «¿Será la clave de todo?» No es que todo dependa del peinado, pero en múltiples ocasiones, la misma preocupación del «líder» por su aspecto y papel, parece que así sea.

Si comparamos fotografías de Carter – y no con el afán de demostrar que los extremos se tocan – , veremos que gracias a su melena peinada con suma coquetería, ha podido llegar hasta donde ha llegado, ya que con sus orejas al descubierto y su cabello muy recortado no habría pasado más allá de las elecciones primarias de su partido, primer paso para aspirar a la presidencia americana. Son las melenas y la coquetería que acaban infundiendo a todos sus ademanes, lo que hace de Carter, un tipo interesante.

En resumen, que nadie conceptúe banal la preocupación de los «líderes» por su cabello, su porte y su atuendo. Sobre todo el peinado es, para ellos, casi una coronamágica, pues si truncamos una imagen de Jesús y le recortamos las melenas, bigote y barba, veremos que pierde buena parte de su misterio: sus ojos tienen menos fuerza hipnótica, sus gestos menos sugestión y su cara no hay modo de divinizarla. Si ello le pasa a la figura de Jesús, con su inmenso prestigio y su reverencial admiración ¿Qué apuros no pasarán los Breznev y los Carter cuando sospechan que falla algún aspecto de su peinado? La infinita coquetería de los «líderes» – o la viva necesidad de ella – tiene sus exigencias. Un precio que incluso está dispuesto a pagar, puntualmente, el «líder» menos presumido.

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